Soy parte de la generación que creció con la televisión como compañera y un cassete como terapeuta.
Ir al Videocentro o a algún centro comercial por un VHS era una de las mejores experiencias en ese entonces. Claro, yo no pagaba por ellos.
Street Fighter II era el arcade de moda y para mí no eran arcades, eran maquinitas. ¢50 para jugar hasta donde las habilidades lo permitieran o hasta que la mamá llegara.
En casa teníamos un Family, consola blanca con detalles color vino y una calcomanía en el centro que yo siempre imaginé que era Mario rescatando a la princesa. Horas y horas jugando Galaga, Súper Mario Bros., Tank, Sky Destroyer y todo SIN guardarlo en alguna memoria.
Los días de escuela eran geniales. Los amigos nos juntábamos para intercambiar Tazos o jugar en la hora del recreo después de comer el sándwich que llevaba en mi lonchera de Bimbo. Se armaban los madrazos en el suelo tratando de voltear los pedazos de plástico que venían en las frituras de Sabritas.
¿Te bajaron todos tus Tazos? Saca los Hielocos. Miles de opciones de juego en donde tenías que verle la cara a tu contrincante en vivo para poder retarlo.
Llegando a casa y a comer con agua de fruta o refresco en botella de vidrio. Apúrate a comer porque hay que hacer una maqueta y un trabajo a mano de 10 hojas. A investigar en las enciclopedias o en monografías de la papelería.
Llega la hora. Dragon Ball. Gracias, canal 5, por los mejores momentos de la televisión que yo recuerdo. "La fantástica aventura va a empezar..."
Soy parte de la generación X.
Me siento orgulloso de decirlo ahora.
Extraño esos tiempos y me siento nostálgico al recordarlos.



